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Archive for 9/08/17

Las lecturas veraniegas deberían ser por definición popular, ligeras y amenas. Complemento perfecto de los paseos con la fresca, allá donde sea posible en esta península tan castigada por el sol, o de las tardes en la playa. Literatura sin más compromiso que el de rellenar unos momentos de asueto y no provocar conflictos dialécticos, que para eso tenemos el resto del año.

He devorado las más de seiscientas páginas de Patria, el afortunado regalo de cumpleaños de mi cuñada Elena, en dos semanas. Por cuestiones generacionales y personales me tocó vivir el terrorismo de ETA y el conflicto en Euskadi muy de cerca, y desgraciadamente, me tocó conocer a varios familiares de víctimas de la banda terrorista, ellos mismos víctimas a su vez.

El libro muestra sin adornos y al grano cómo se vivió en Euskadi esos cuarenta años en los que la sociedad vasca se fracturó en dos. En una estructura muy cinematográfica (habrá película si el autor lo quiere porque la novela es ya un guión) con imágenes precisas y preciosas sobre todo de Guipúzcoa y de su capital, Donosti, los personajes van entrando en acción como en una de esas películas maravillosas de Robert Altman, Short Cuts, o de Paul Haggis, Crash. 


Dos familias, cada una infeliz a su manera parafraseando a Tolstói, encarnan las dos caras de esa desgraciada odisea. Demasiado larga, demasiado dolorosa, demasiado cruel. Una de las familias a la que pertenece un miembro de ETA, la otra en la que uno de sus miembros es víctima de un atentado etarra. Y no cuento más.

No hay mucha política, hay mucha presentación y narración de los hechos a través de los personajes que relatan su participación en ese infierno, a veces en primera persona, otras en tercera, por el narrador-autor, que incluso aparece en uno de los capítulos del libro como escritor que quiere dar testimonio del horror. El mismo horror que describía mesándose la calva el coronel Kurtz-Marlon Brando en aquella película. 

Las vidas de cada uno de los personajes van creando una trama de relaciones sentimentales que enriquece la obra. El autor te lleva a su antojo por sus vidas personales consiguiendo que tengan autenticidad; la suficiente como para encariñar al lector con todos ellos al llegar a las últimas páginas. 

Y hay malos y buenos, y muy malos como Joxe Mari, miembro de ETA. Un personaje muy en la línea del Pasha Antipov (Strelnikov) de Doctor Zhivago, un aniquilador. Tan solo un matiz: el autor traza la vida y personalidades de la familia del etarra de manera un tanto maniquea. En el resto de la obra, la verosimilitud es marca de la casa. 

Los capítulos, breves, son cada uno un relato en sí mismo, se suceden vertiginosamente dejándote sin aliento. No puedes parar, es como un vídeo juego apasionante que te obliga a continuar con  una nueva pantalla hasta el amanecer. Y tiene la novela una estructura parecida a la de Rayuela, pero sin el caos fantástico que creó Cortázar en su obra maestra.

He de decir que hacía mucho, mucho tiempo que no me entregaba con tanto gusto al placer de la lectura. He tenido incluso que contener las lágrimas en el último capítulo, algo que confieso sin pudor para mostrar hasta qué punto Fernando Aramburu conmueve y remueve el alma. 

Por último, añadir que la política está, sí, al fondo, como presente tras un velo de nubes grises, frías y pesadas. Pero son las vivencias de los personajes los que narran la obra dramática que allí se representó en aquellos años de plomo. Los viví, repito, y desde Madrid sufrí también la anestesia que produjo la sucesión de atentados casi semanales en los infaustos primeros ochenta. Pasaron a ser parte de nuestra vida, y en este libro abres los ojos y descubres con espanto cómo se vivió allí.

Y el final, ese final. 

Agur,

Antonio Babío 

Enviado desde mi iPhone 

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