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Archive for 29 marzo 2015

La Alhambra sigue teniendo un enorme atractivo para artistas inquietos. Fernando Manso (1961) ha dedicado un año a fotografiar el monumento más visitado de España, tal como hizo uno de los pioneros de la fotografía en el siglo XIX, Jean Laurent (1816-1866).7

Fernando Manso utiliza la misma técnica que Laurent, pero ciento cincuenta años después. Y no es algo nuevo, porque Fernando trabaja con placas analógicas habitualmente. Le gustan los grandes formatos y la textura que consigue con esa técnica, y además yo creo que es un romántico sin remedio.

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Con la irrupción del romanticismo como corriente artística pintaron la Alhambra Mariano Fortuny, John Singer Sargent, Joaquín Sorolla y poco más tarde, Henri Matisse. Y se inspiraron y escribieron sobre ella Victor Hugo, Heinrich Heine, Rafael Alberti, y más recientemente Salman Rushdie e incluso el ínclito Paulo Coelho.

Sin duda el más famoso fue Washington Irving y sus deliciosos Cuentos de la Alhambra, libro que devoré siendo adolescente y que me acabo de fijar como tarea su relectura urgente.

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Las fotos de Jean Laurent son interesantes por su antigüedad y por el exotismo que transmiten cuando imaginas a un francés en el siglo XIX admirando semejante maravilla. Pero las de Fernando parece que fueran tomadas, o pintadas, muchos siglos atrás, cuando aún los nazarís habitaban el palacio. La luz, las brumas, el silencio y la ausencia de seres humanos en sus fotografías de las estancias y jardines de la Alhambra, consiguen recuperar las esencias más puras que sus afortunados habitantes pudieron gozar allá por el  siglo XIV.

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Conozco a Fernando Manso desde que compartimos aulas en el colegio del Pilar, y he seguido  su trayectoria muy de cerca, desde que coincidimos ambos en Delvico Bates. Él como fotógrafo para las mejores campañas de publicidad gráfica y exterior de la época. La última exposición individual que disfruté de Fernando en la galería Caylus, con el privilegio añadido de que fuera el propio autor nuestro guía, me pareció magnífica. De enorme formato y con temas que abordaban la naturaleza más virginal y la era postindustrial más salvaje (al final del post podéis ver un  ejemplo de cada tema).

Fernando Manso es sin duda uno de los grandes de la fotografía en España y esta exposición es una muestra de ello. Atención a la bella música que es obra del hijo de Fernando Manso, Pablo, y que es parte importantísima del recorrido.

En el Museo Arqueológico Nacional hasta el 17 de mayo, no os la perdáis. 

*Todas las fotos son de la exposición de Fernando Manso y las hice en el MAN. Excepto las dos últimas, que me he tomado la libertad de obtener del sitio web de Fernando

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Mi 11 de marzo de 2004

El 11 de marzo de 2004 desayuné una tostada con queso filadelfia, mermelada de fresa “La Vieja Fábrica” y una loncha de pavo. Volví a mi habitación y encendí la televisión para ver las noticias como cada mañana. Eran las ocho y media cuando aparecieron las imágenes de la matanza en la pantalla y Constanza y yo comentamos por primera vez lo que nos pareció obvio: esto no parece obra de ETA. Con la edad que tenía entonces, 41 años, poseía la terrible experiencia de cualquier español sobre la manera de asesinar de nuestra particular banda terrorista. Desde los años setenta hasta entonces nos habíamos levantado cientos de veces con la noticia de un atentado o un secuestro. El ensañamiento y la cadena de atentados en varios lugares buscando el máximo daño y la espectacularidad nos sugirieron enseguida la idea de que se trataba de un atentado islamista radical.

Llegué a la oficina a las 9 de la mañana y las noticias que nos llegaban no eran nada halagüeñas. Por el perfil de nuestra gente, la mayoría teleoperadoras, y porque las líneas llevaban directamente a Alcobendas y Tres Cantos (dos de nuestras plataformas) sospechábamos que teníamos todas las papeletas para que entre las víctimas hubiera alguna de nuestra plantilla. Éramos 2.000 personas en aquella época (cuando me fui del Grupo Konecta hace cuatro años la plantilla era de 12.000) y esa mañana a las 9:30 ya sabíamos que 20 trabajadores al menos no estaban en su puesto.

Yo era Director General de Konecta One to One, la agencia de publicidad del grupo, y Director de Comunicación del Grupo Konecta por lo que reportaba directamente al presidente. Cuando vino a verme lo primero que me dijo fue “Antonio, esto no ha sido obra de ETA”, supongo que también basando su opinión en su experiencia al respecto, la misma que la mía porque José María nació el mismo año que yo.

A las 12 de la mañana ya sabíamos que teníamos dos compañeras muertas, dos heridos muy graves, cinco heridos graves y 16 leves. Al menos cinco testigos de los atentados necesitaron atención psicológica durante años. Entre ellas Sandra, de mi equipo. Sandra estaba subiendo las escaleras de la estación de Atocha desde el andén cuando explotó la bomba en uno de los vagones. Sandra no recuerda nada, sólo nos contaba que apareció en la plaza de Cibeles después de deambular sin rumbo e inconsciente durante más de una hora. Cuando reaccionó llamó a su novio que tuvo que ir a recogerla y llevarla a un hospital. Sandra desde entonces ha vivido un infierno y su última baja duró cuatro meses, en 2011. Vino a trabajar, lo intentó, una semana después del atentado pero no pudo aguantar ni un sólo día, le costó un mes recuperar el valor para afrontar el futuro.

Hablé con muchos periodistas y especialmente cariñoso fue Jesús Ruiz Mantilla de El País, que no cesó de darnos aliento durante todo el seguimiento que hizo en sus reportajes sobre las víctimas del atentado. Recuerdo que el sábado por la mañana fui a El Corte Inglés para comprar tela negra y hacer con ella un enorme crespón para colgar en la fachada de nuestro edificio. Me llevé los últimos treinta metros, me dijeron que se había agotado por la compra masiva tras el atentado. Era un día de tormenta, lluvia y viento. Tres personas subimos a la azotea y tras enormes esfuerzos e inventiva utilizando palos de madera y alambre conseguimos colocar el enorme crespón para que al volver el lunes al trabajo las víctimas del atentado tuvieran su pequeño homenaje.

Celebramos el funeral por su memoria en la iglesia de los Padres Dominicos en la carretera de Burgos. Fue uno de los momentos más duros de mi vida. Las familias de las víctimas estaban destrozadas en la enorme e imponente iglesia diseñada por Miguel Fisac, llena como nunca la he visto y en un silencio absoluto, roto sólo por los llantos.

Once años después, como en cada aniversario, sigo reviviendo cada minuto de aquel día. Sólo pido a este país respeto para los que sobrevivieron a aquella masacre y piedad con los familiares de las 192 víctimas y centenares de heridos.

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