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Archive for 24 enero 2014

“El lobo de Wall Street” dura tres horas. Imagino que Martin Scorsese y su coproductor Leonardo DiCaprio intentaron reducir el metraje a una medida más convencional, comercial y humana, pero en pleno fragor creativo llegarían a la conclusión de que no era posible. No importa. Hay toda una tesis en ella sobre hasta dónde hemos sido capaces de llegar los hombres en esta podrida sociedad nuestra.

Martin Scorsese. Queens, Nueva York, 17 de noviembre de 1942

Martin Scorsese. Queens, Nueva York, 17 de noviembre de 1942

La ambición de Scorsese una vez más es la de retratar una época entera a lo bestia: desde finales de los ochenta, cuando comienza su carrera Jordan Belfort (personaje real en el que está basada la película), hasta su caída en desgracia en 1998 y hasta nuestros días, con ese final siniestro.

La violencia convertida en arte (¿es eso posible?) atraviesa transversalmente toda la obra de este director; en su carrera ha creado movimientos de cámara y utilizado la velocidad, y el color y el blanco y negro, como un maestro para mostrarla. Hay planos imposibles en su última película, grúas que pasan por encima de los actores recorriendo metros y metros como si nunca acabaran, colores maravillosos como los planos en el parque de Londres y espectaculares efectos especiales como las secuencias del yate en la tormenta. Y como en todas sus películas la producción es impecable en cada plano y la banda sonora apetece comprarla. Meticulosa, innovadora, perfecta dirección.

Su saga sobre Nueva York, “Gangs of New York” y “La edad de la inocencia”, le dio espacio para contarnos el nacimiento de esa ciudad. El lumpen en la primera y la aristocracia en la segunda. Violentísima y radical la primera. Aparentemente romántica y tierna la segunda, pero bajo esa apariencia rugía toda la violencia que el dinero ejerce también sobre los que lo tienen. Y su más famosa y recordada película, “Taxi Driver”, en la que vuelve a la violenta Nueva York de los setenta contándonosla a través de dos perdedores sin redención posible: el taxista y la niña prostituta. En “Toro Salvaje” el implacable mundo del boxeo, en “Casino” cómo funcionan de amablemente las cosas Las Vegas; y nos habla de la “bella mafia” en “Uno de los nuestros”, tan cercana a él por orígenes familiares.

Y en la parodia salvaje de la vida de Jordan Belfort, Scorsese retrata la Nueva York de las últimas décadas, el fruto del triunfo momentáneo de la ideología neoliberal. La educación de Jordan Belfort en los valores de la competición por y para el dinero es la misma que se quiere implantar en todo el mundo. El único valor es ser mejor que el de al lado, pero en un sólo índice: a ver quién es capaz de vender más preferentes en menos tiempo a más tontos. Luego vendrá la pasta, no preguntes de dónde sale.

La película es una gran farsa, una comedia, una astracanada que lleva a extremos increíbles el consumo de alcohol y drogas, y las orgías (un Jardín de las Delicias pintado por Scorsese, en lugar de por El Bosco). Un exceso brutal tras otro que a pesar de todo da un poco de envidia. En ningún momento sientes piedad por el protagonista porque sabes que no se arrepiente de nada. Incluso los momentos trágicos, que los hay al final en su declive, son relatados por el director desde una distancia que no produce dolor. Y las víctimas de Jordan apenas aparecen. Aparte de su esposa y de su pequeña hija, hay pocas presencias dignas en la película, algunas excepcionales como el agente del FBI que persigue obsesionado a Belfort.

Martin Scorsese denuncia con crueldad y sin miramientos la sociedad que nos ha tocado vivir mostrando la desvergüenza de los delincuentes de guante blanco y la vida del común de los mortales (la escena del yate con los agentes del FBI). Todo ello permitido por unos gobiernos condescendientes y seguramente tan corruptos como los protagonistas de la película.

Leonardo DiCaprio interpreta a Jordan Belfort magistralmente, con escenas memorables como la del Lamborghini en el club, en la que no tendría nada que envidiar al mejor Chaplin. Un verdadero truhán embaucador, como debía ser el más eficiente Belfort en sus mejores tiempos.

Leonardo DiCaprio by Annie Leibovitz

Leonardo DiCaprio by Annie Leibovitz

El discurso ético de Martin Scorsese tiene un explosivo final con dos secuencias que resumen toda su tesis al concluir la película. Una es el viaje en el metro del agente del FBI observando con impotencia a los vulgares viajeros que le acompañan, seguro que recordando la escena del yate junto al protagonista. Y la otra la que cierra la película con ese grupo de personas con cara de estúpidos queriendo ser todos exactamente lo mismo: Jordan Belfort. No tenemos remedio, gracias Martin Scorsese por recordárnoslo.

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¿Qué es Facebook?

La definición más acertada fue la de mi amigo Alain Uceda que comparó el muro con la casa de cada uno. Antiguamente nos comunicábamos en persona o por carta, que eran los únicos medios hasta que apareció el teléfono fijo y mucho más tarde, el móvil. Podías comunicarte con tus semejantes, pero las cosas importantes, en general, se dejaban para hablarlas en persona. Y más aún si la conversación derivaba a “te voy a enseñar unas fotos del último viaje, de mi novia, de mis hijos o de la casa de mis sueños”. Nos reuníamos en las casas para ver juntos unas fotos, un vídeo o contarnos tal o cual viaje; o simplemente, cómo nos va la vida.

En casa

Facebook es una red social que permite a todas las personas del planeta mantener su casa virtual. En ella tienes exactamente la misma capacidad que en tu hogar para decidir quién la visita, y qué grado de intimidad y confianza tendrá con nosotros el invitado. A unos les permitimos poner los pies encima de la mesa e incluso pasearse hasta la cocina y trincar una cerveza. A otros con menos confianza les dejaremos entrar y comportarse (de momento) como alguien menos “de toda la vida”. Como en las casas, hay un timbre al que se llama para pedir permiso y traspasar el umbral. Y como en las casas, se supone que hay un pacto entre el que invita a su hogar y el que lo visita, para cumplir unas mínimas normas. Yo te acepto, y tú aceptas, por ejemplo, no tirarte un pedo en mi salón.

Cada uno en su casa expone las fotografías que le da la gana; y las que no, las guarda en un cajón. En lugar de invitar a tus amigos a verlas a casa, con el lógico problema de espacio, máximo diez o doce de una vez, en Facebook puedes compartirlas con cientos, miles o incluso millones si te apetece.

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Las ideas

Si hay seis mil millones de personas en el planeta, probablemente habrá ese mismo número de ideologías diferentes. Cada uno en su casa, siempre que sea respetuosamente y sin caer en apologías prohibidas, tiene el derecho a expresar o a opinar sobre cualquier disciplina, afición, arte o tema que libremente elija. Y sus amigos, los de la vida real y los de Facebook (y esta frase no me gusta porque Facebook es muy real y he descubierto que tengo amigos cojonudos que he conocido allí) pueden disfrutar, opinar y compartirlas también.

Cada uno tiene su librillo y el mío es que si un amigo está en su casa debatiendo sobre un tema que nos puede llevar a tener unas palabras, me abstengo. También es verdad que dependerá de su carácter y de las experiencias previas para tomar esa decisión. Otra regla mía es nunca entrar en un debate ajeno en el muro de un amigo y sin participar, aplicar electrocución declarando que “Me gusta” una opinión en la que le agreden o insultan. No me parece ético, creo mejor salir a pecho descubierto a citar a la afición.

Uno en su casa recibe con alegría y generosidad a propios y extraños esperando de ellos inteligencia, educación, elegancia y alegría. Esperando que una vez terminada la velada, quede un sabor agradable que anime a repetir lo antes posible, porque esto es como el sexo: sientes más placer si tus amigos disfrutan contigo. Si el resultado es una ensaladilla de insultos y agresiones me sobra la velada.

Esa casa tiene una ventana abierta al mundo por la que cada uno vierte lo que tiene en el alma: poesía, amor, belleza o basura tóxica. Vamos publicando las piezas y en pocos días el puzzle va tomando forma hasta ofrecernos una radiografía veraz. Como la vida misma.

El palo, el mono

En cien años la humanidad ha pasado de moverse entre aldeas de decenas o cientos de humanos, a hacerlo entre metrópolis de millones, y ahora con las redes sociales, a posibilitar que absolutamente todos los primates superiores estemos conectados. Miles de millones. El cambio es tan brutal que aún no somos capaces de valorarlo, ni sabemos cómo manejarlo.

monos
Como somos primates aún en proceso de aprender el uso de esta herramienta que está cambiando las relaciones dentro de la tribu, voy a comparar Facebook con un palo. Si pudiéramos hacer un experimento tipo cámara oculta observando qué hacen diferentes personas al entregarles un palo, veríamos toda la variedad de arquetipos humanos. El más simple cogerá el palo y sin mediar palabra sacudirá en la cabeza a un congénere que sin querer le ha dado un empujón en la acera. Un anciano probablemente lo utilizará para apoyarse y caminar mejor. Un joven atlético para saltar estiló pértiga, más alto y más lejos. Otro tendrá frío y lo utilizará para hacer fuego, y un avispado emprendedor lo venderá para obtener capital. Y otro lo utilizará para señalar en la pizarra como un catedrático.

Muchos usuarios de Facebook quieren sentar cátedra sobre cómo se debe utilizar correctamente: para qué, en qué momento, con qué frecuencia e incluso con qué limitaciones en sus contenidos. Dios me libre de ellos cuando, como he dicho antes, aún no sabemos bien cómo va a manejar la siguiente generación (los nacidos en la era digital) las redes sociales. Los que las adoptarán, ya lo están haciendo, tan naturalmente como nosotros el teléfono, la televisión en color o el móvil, en comparación con nuestros padres.

Yo mismo pensé alguna vez (mea culpa) que expresar sentimientos tan personales como la muerte de un ser querido no era correcto. Una persona publicó con una valentía que me sorprendió y que me encantó, la esquela de un familiar. ¿Por qué no? ¿Acaso es diferente Facebook que el ABC? Creo que nadie debería tener la osadía de catequizar sobre esto. A título personal, declaro que nunca compro el ABC y no me entero de bodas, eventos y desgraciadamente, tampoco de los funerales, así que me parece un medio muy digno de comunicar cualquier asunto que el dueño del muro considere oportuno.

Despedida y cierre

Queridos lectores y amigos, si habéis llegado hasta aquí, gracias. Dicen los expertos que un post con más de no sé cuántas palabras es infumable, y me parece que las he sobrepasado. Confieso que llevo con mi cuenta de Facebook desde el año 2007 y que aún tengo una relación con mi propia casa confusa y difusa. Unas veces disfruto enormemente con mis amigos, otras me siento culpable por publicar a destajo mi intimidad viajera y gastrónoma, y otras me hacen sentir culpable quienes pontifican sobre cuánto, dónde, cómo, sobre qué y por qué.

Es una aventura humana que no sé dónde nos llevará. De momento, os invito a seguir pintando juntos ese lienzo de la vida que es Facebook.

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Polvorines

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Fuerte de San Cristóbal, Pamplona

Hice la mili en Burgos, una ciudad dura como pocas. Hay un submundo de drogas y violencia no apreciable a simple vista, como en “Terciopelo azul” (David Lynch, 1986). Tuve amigos peligrosos en aquella época, auténtico lumpen extraído a la fuerza de sus orígenes por todo el país, y estabulados y anulados, como yo, en un cuartel durante un año.

Mi cuartel era el Parque de Artillería de Burgos, que era ciudad de Capitanía General de la que dependía el País Vasco. En este parque se gestionaban los diferentes polvorines que se repartían por toda la VI Región Militar. Ibeas, Hontoria de la Cantera y el más terrible de todos, el del castillo de San Cristóbal, en Pamplona, antiguas mazmorras militares. Allí pasé una noche de terror rodeado de yonquis que nos hicieron la estancia imposible. Poco tiempo después ese cuartel fue cerrado porque no reunía las mínimas condiciones de humanidad. Año 1984, aún recuerdo que yo conducía un Jeep y el convoy al repostar en una gasolinera en Euskadi desplegaba a todos los soldados armados con el CETME en los accesos a la misma, mientras los conductores permanecíamos al volante con el motor encendido. Eran tiempos de la ETA más dura. Miedo.

Lugares innombrables los polvorines porque a los díscolos los destinaban allí y se hacían guardias cada 48 horas. Eran destacamentos aislados a muchos kilómetros de cualquier ciudad. Con cavernas y silos llenos de granadas, pepinos, TNT y munición a granel. En una decisión a discreción de un mando, me enviaron al polvorín de Hontoria de la Cantera (hoy abandonado), en un bosque de pinos oscuro y frío, a los pies de un monte inhóspito. La situación era desesperada así que llamé a casa pidiendo ayuda para que me sacaran de allí. Una llamada a unos amigos de mis padres que conocían al Capitán General y vuelta a Burgos.

Polvorín de Hontoria de la Cantera, Burgos

Polvorín de Hontoria de la Cantera, Burgos

Burgos de noche era una ciudad salvaje. Las Llanas es el barrio que rodea a la catedral, lleno de bares y de gente trapicheando costo. Abundaban los punkies violentos y la atmósfera apestaba a alcohol y a canutos. Yo he visto algaradas violentísimas antes de volver al cuartel a sufrir la retreta.

Así que no me extraña nada que sea Burgos la primera capital que estalle con la violencia provocada por el paro y el abuso de las élites.

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