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Archive for 23 marzo 2013

Jobim y Miró

No sé si se conocieron en vida, creo que no por lo que he investigado en Google y por ahí. Me vino la curiosidad tras visitar la Fundación Joan Miró hace unos días en Barcelona y al día siguiente ver la extraordinaria película “A música segundo Tom Jobim”, dirigida por Nelson Pereira Dos Santos. Una de las secuencias de la película, mi favorita, es la que muestra a Jobim cantando “Aguas de março” con Elis Regina.

Los dos en un plano medio con un micro, fondo negro y una alegría como de niño feliz de este monstruo de la música que automáticamente me recordó a Joan Miró. Y la letra: “es un pié, un pez en un cesto, una piedra, un trozo de pan, un nudo de madera, una astilla y un clavo, un brillo de plata, es el barro, es un paso, es un puente, una cara, es un palo, es un bello horizonte. El final de un camino. Son las aguas de marzo cerrando el verano, una promesa de vida en tu corazón”.

Inmediatamente el niño Jobim me llevó al niño Miró. Recuerdo al Miró octogenario que conservaba la mirada inocente y frágil de la infancia, un genio que tenía reconocimiento y fama mundiales, que residió los últimos años en Mallorca como un payés, junto al magnífico estudio que le diseñó Josep Lluís Sert.

Joan Miró

Coincidí en la Fundación Miró con la visita de un grupo de niños. Tendrían cinco o seis años y no pude apartarme en varias ocasiones de las maravillosas escenas que formaban la maestra y sus alumnos comentando pinturas y esculturas. La profesora preguntaba qué veían o qué sentían ante tal o cuál obra. Los niños, en perfecto catalán y educadamente, contestaban alborozados porque entendían y sentían en el corazón lo que el artista nos quería contar.

Los temas recurrentes de Miró eran desgranados por los niños encantados con su propia sagacidad: mujer, pájaro, estrella, sol, luna, tierra. Las lineas negras bien nítidas que separan los colores puros.

la foto

Sentí que me hubiera gustado tener una maestra como ella, guapa, morena, joven, abierta y culta; que me hubieran enseñado a mirar así las obras de Miró y no con comentarios como “mirad esos bodrios que podría pintar hasta un niño”.

En fin eran otros tiempos, y como dijo Rubén Darío:

Dentro de ti tu edad
creciendo,
dentro de mí mi edad
andando.

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Hace unos días Pedro Reparaz me recordó en Facebook los billares Castelló, antro situado al lado del Colegio del Pilar donde ambos estudiábamos. Una vez cumplidos los trece años todos nos creíamos con derecho a fumar y así lo hicimos apuntándonos a las marcas de aquellos primeros setenta. El refugio perfecto era el garito apestoso que eran aquellos billares en los que nos escondíamos de los profesores y de los curas. Ellos sabían perfectamente que estábamos allí, adolescentes machos, fumando y atentando contra varias de las normas y buenas costumbres de nuestro católico colegio.

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Algunas marcas de la época, trallazos de humo

No recuerdo el nombre del imponente guardián de los billares. Ahora, muchos años después y con la total seguridad de no dar ni una, le describiría así. Le llamábamos Jefe, para todo, para pedirle cambio en monedas para las petacos, para el billar o para tabaco. Un gigantón con un mostacho tipo José María Íñigo, un delantal como de jefe de taller y un enorme llavero que contenía la puerta de entrada a las partidas gratis y las monedas de las máquinas de pinball. Más de uno de mis amigos llegó a tener llaves maestras que abrían alguna de las máquinas y nos hinchábamos a jugar, a jugar a pequeños delincuentes.

Los sonidos de una sala de billar de aquella época se me antojan ahora gloria celestial. La bola rebotando en los bumpers, los gritos animando cuando faltaban pocos puntos para una partida extra, ¡o una extra ball!, los consejos de sabiduria de los veteranos: “Ten cuidado como sacas no vayas a hacer falta, esta es muy sensible”. Los golpes con la rodilla o en los laterales para guiar a la bola por el camino adecuado. Y la excitante locura cuando conseguías partidas gratis; y el dolor cuando era tarde y tenías que irte a casa so pena de grandes castigos, y no había más remedio que regalárselas a algún amigo: “Venga tío, dame un cigarrito a cambio”.

La legendaria Dakota

La legendaria Dakota

Una de mis legendarias, con la que más partidas gratis conseguí y más tardes de gloria celebré, fue la Dakota de la marca Maresa, que muchos jovenzuelos de mi edad recordarán perfectamente. Había que bajar con la bola unas herraduras repartidas por toda la máquina y llegué a convertirme en el mejor pistolero de los billares Castelló.

Y luego estaban las mesas de billar. Uno coge un taco por primera vez y es como cuando cogiste también por primera vez un ratón de ordenador o un palo de golf: tienes serias dudas sobre si algún día conseguirás la soltura con la que tus compañeros mayores manejaban el taco, la elegancia con la que aplicaban la tiza y las maneras a lo Paul Newman en “El buscavidas” que se gastaban. Ahora te preguntas cómo es posible adquirir la habilidad para hacer un massé, retroceso, o un lujo. O una de esas posturas en la que el taco pasa por la espalda y adquieres la forma de un contorsionista hindú. O hacer más de cuatro o cinco carambolas seguidas.

Pues sí se puede, y es cuestión de horas. Cuando tenía catorce años y mi padre compró una magnífica mesa de billar francés, fue para él uno de los grandes momentos de su vida. Me convocó al salón solemnemente para compartir conmigo un rito iniciático de trasnmisión paterno filial de uno de los arcanos de lo que es “Ser un hombre”. Cogió las tres bolas y las dispuso en la manera de salida. “Déjame que salga yo y ahora te enseño lo que tienes que hacer”. Sacó impecable e hizo un par de carambolas. “Tu turno”, me dijo.

Agarré mi taco con parsimonia, apliqué tiza en el cuero, creé un perfecto anillo con los dedos pulgar e índice y golpeé mi bola con elegancia haciendo una preciosa carambola. Sin mirar a mi padre, volví a aplicar tiza e hice dos carambolas más, una de ellas un lujo y la otra con virguero retroceso picando la bola. El corazón me palpitaba de emoción tras la demostración que acababa de hacer.

Mi padre sólo acertó a decir: “Pero cabrón ¿dónde has aprendido a jugar así?”. Acababa de ser descubierto.

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