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Archive for 26 enero 2013

Atenas sufría en el año 398 a. C. una krisis económica que andaba ya por su cuarto aniversario. Platón estaba preocupado por sus numerosos amigos, filósofos muchos de ellos, que habían caído en la corrosiva condición de parados. Ser filósofo y parado puede parecer baladí en nuestros días, pero en la gloriosa civilización Helena un filósofo era un profesional bien remunerado. Los masters de postgrado en Ciencias Filosóficas de las academias griegas eran ambicionados por las élites atenienses para sus hijos.

Atenas había sido en los tiempos previos a la krisis un destino al que arribaron miles de inmigrantes que buscaban labrarse un futuro en la floreciente ciudad. La aristocracia ateniense se benefició así de los miles de trabajadores cuasi esclavos, cuyos derechos no eran ni mucho menos los mismos que los de los ciudadanos griegos.

Las mujeres de Atenas se acostumbraron pronto a contar en sus hogares con servidumbre que se ocupaba de las duras tareas que ellas realizaran antes. Los hombres de Atenas sucumbieron pronto a los placeres del dolce far niente, mientras masas de emigrantes hambrientos tomaron mansamente bajo su responsabilidad las más desgradables faenas de la polis. Letrinas, basuras, albañales, vendimias, nunca más fueron objeto de atención para un heleno. Los templos dedicados a innumerables dioses no fueron nunca más levantados por los griegos que dejaron así de subirse al andamio para tumbarse en su particular y mortal Olimpo.

El Partenón erigido a instancias de Pericles y diseñado por los arquitectos Iktinos y Kallikrates

Muchos griegos, no todos, se mofaban de esas pobres gentes y les ponían apodos despectivos según el color de su piel o su procedencia. Las sirvientas de las atenienses eran tratadas como mucamas sin ningún derecho. Incluso se llegó a responsabilizar de todos los males de la sociedad a los inmigrantes, llegados la mayoría hasta allí sin otro ánimo que el de sobrevivir y prosperar.

¡Pero ay de aquél que se olvida de la condición efímera de todo lo que acontece en el mundo! Un malhadado día la quiebra fortuita del sistema de canje en los lejanos mercados de Mesopotamia, unida al estallido de la burbuja de las especias en Constantinopla, arribó a las costas griegas en forma de tsunami. La pimienta, la mirra, el incienso, la canela, incluso la sal y el vino, perdieron su valor y sus precios volvieron a ser los de decenas de años antes. Y como en una pesadilla, los atenienses vieron cumplirse una vez más la teoría del eterno retorno.

Se encontró una mañana Platón con su amigo Pitágoras, uno de los más importantes ideólogos del eterno retorno, y le relató cómo las familias griegas veían a sus hijos emigrar hacia tierras bárbaras y germanas. Los malcriados hijos de la otrora opulenta Atenas realizaban las más indignas y duras tareas para esos zafios habitantes del norte, desconocedores de la sabia filosofía ateniense del hedonismo y ajenos a su pasión por el conocimiento.

Pitágoras que solía decir a sus alumnos “Con este mismo bastón que cargo, nos volveremos a ver y volveré a enseñar ante vosotros” apoyó su cabeza en el hombro de Platón y lloró amargamente.

Pitágoras según Rafael

(Continuará)

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El día 7 de enero del 398 a.C. Platón madrugó para ir a la tertulia del Ágora. Cada año se repetía la misma historia: sus amigos del foro se empeñaban en celebrar la reunión filosófica en el enorme Ágora de San Chinarro el día que comenzaban las rebajas. Todo eran inconvenientes pues atraían a compradores no sólo de Atenas, sino de lejanas poblaciones del país e incluso de más allá de las fronteras helenas.

El Ágora de San Chinarro, apenas visible entre la niebla

El Ágora de San Chinarro, apenas visible entre la niebla

Ese día una espesa niebla lo cubría todo, así que el tráfico de carretas y bestias era terriblemente lento. Menos mal que Platón era un amante del ejercicio físico y se acercó andando como solía. Atravesó las puertas del Ágora entre empellones de ciudadanos atenienses ávidos de encontrar las mayores gangas y se dirigió a la planta de togas, túnicas y sandalias esperando renovar su armario, a esas alturas lleno se andrajosas prendas.

Se topó con su amigo Heráclito, famoso por su legendario despiste:

– Querido amigo -le dijo a Platón- ¿sabes dónde puedo encontrar la zona de trajes de baño? Estoy probando mi nueva teoría y necesito ir esta tarde al Manzanares.

Platón recordó algo que le había contado su amigo sobre bañarse en el río una y otra vez y que no parecía ser el mismo río, sino uno distinto en cada baño. Heráclito había contraído una pulmonía en otoño tras pasarse tres días seguidos entrando y saliendo del Manzanares. “Este Heráclito, pensó Platón, no va a llegar a nada, no creo que su teoría llegue muy lejos”.

Tras indicar a su amigo el camino y recomendarle que abandonara tan peregrina ocurrencia por obvia, comenzó a apreciar las diferentes calidades de túnicas que ofrecía el Ágora de San Chinarro.

(Continuará)

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El día 1 de enero del año 398 a.C. Platón se levantó muy cabreado. A sus 28 años acababa de sufrir la pérdida de su maestro, Sócrates de Atenas, y no estaba para bromas. Vivía en una casamata más que humilde, miserable, cerca de un arroyuelo prístino donde se acicalaba cada mañana. Se puso la toga blanca de lino llena de lamparones grasientos y marchó con buen paso hacia Atenas. Solía reunirse en el Ágora con otros amantes de la dialéctica para saborear el placer de la duda metódica.

Pasó una vez más por la boca de la caverna en la que años atrás se le reveló la que fue su principal IDEA sobre el mundo. “¡Qué sorprendente es que LA IDEA surgiera de una sombra en movimiento, mi propia sombra, y del pedo que llevaba ese día de vino de Mesina!”.

Platón

Platón poseía un físico envidiable, además de un cerebro circunvoluto e inteligente. Frente despejada, nariz aguileña, cejas pobladas y un voraz apetito intelectual por las aceitunas.

Platón que era hombre parco, pero amante de la dieta mediterránea, se desvió hacia el olivar de Demetrius (llamado así por Demetra, Diosa griega de la agricultura) para desearle un buen año de Musas y de aceitunas gordales, picuales y arbequinas, que eran las variedades que cultivaba en su finca. Demetrius tenía una habilidad extraordinaria para preparar las aceitunas maceradas con aceite de oliva extra virgen, romero, ajo, tomillo, pimientos de Siracusa, vinagre de Taormina, vino fino de Tartessos y unas gotas de miel de Esparta que aportaba, según creían los atenienses, virilidad y algo de eternidad.

Saludó a Demetrius con una reverencia a la griega, es decir dejando el culo al aire para un observador en cierta posición, lo que no dejaba en muy buen lugar a Platón y su pericia en el tema de la higiene personal. Los griegos eran grandes pensadores pero en otras áreas de la vida aún no habían alcanzado la pureza.

Comentaron temas de rabiosa actualidad como el resultado del último partido de pelota entre el Atenas y el Koryntos, indigno para el equipo de la capital, entregado últimamente a la molicie filosófica que su último entrenador les había inoculado. El preparador ateniense, cuyo nombre era Narciso, olvidó que los Korintios eran gente industriosa e ingeniosa y aplicaban tales talentos al manejo de la pelota en el tablero, mientras sus pupilos se demoraban en personales cuitas innecesarias en un juego de equipo.

Cuando Demetrius rellenó el tarro para Platón con sus aceitunas más sabrosas, plantéo a su amigo una pregunta de carácter filosófico. “¿Cuál es la idea que subyace en las aceitunas maceradas que te acabo de regalar, querido maestro? ¿Es el olivo LA IDEA, la aceituna la sombra, y el placer que provoca su ingestión la pantalla a través de la que atisbamos LA IDEA?”.

Platón miró a Demetrius con cara de pocos amigos y con un gesto despectivo le envió a hacer gárgaras. “Demetrius, no estoy de humor para preguntas estúpidas esta mañana, hace escasos meses que Sócrates de Atenas, mi amigo, mentor y maestro, se tomó la cicuta. Dedícate a tu huerto y no pienses más en gilipolleces”.

Así estaban las cosas en el mundo platónico aquella cálida mañana de invierno.

(Continuará)

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