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Archive for 14 noviembre 2011

Iba a titular este post “Días del cielo” pero me pareció presuntuoso por un lado y por otro me acordé de una película de Terrence Malick que se llama igual (no es ni muy buena ni muy mala, sino todo lo contrario). La Casa del Arco de Vejer de la Frontera, en Cádiz, no está en el paraíso pero sí muy cerca.

Casa del Mayorazgo

Allá donde se cruzan los caminos es de donde vengo y de donde soy ¡qué os voy a contar a vosotros, madrileños, que como yo habéis nacido donde el mar no se puede concebir! Me dejo la vida en sus rincones, coño, y ya no puedo seguir así, que quiero llegar a Vejer. A mí hace mucho tiempo que me dió por buscar el mar en un vaso de ginebra o de cerveza, que da un poco lo mismo, e incluso en una copa de un buen rioja o champagne. Y he conocido a princesas que no es que no quisieran serlo, sino que murieron en el empeño de arrojar su corona lo más lejos posible.

En Vejer las estrellas no se olvidan de salir y la muerte no viaja en ambulancia sino en las procesiones de Semana Santa. Y el mar… el mar está pero no está, es muy extraño. La playa de El Palmar, que es como de la casa, y que mide más de cuatro kilómetros está allí al fondo de Vejer, y si miras bien los días claros distinguirás la costa africana, iluminada por un sol que en nada se parece a una estufa de butano.

Al fondo la playa de El Palmar, desde Vejer

Aquí en Vejer, amigos, la vida no es un metro a punto de partir ni encontraréis jeringuillas en el lavabo. A punto de partir, eso sí, pero a tomar el aperitivo en Garimba Sur o a comernos un arroz con pollo de corral o a la marinera en la venta Doña Carmen en Zahara de los Atunes. O mejor aún, una excursión al mercado de Barbate para aprovisionarnos de un buen pescado para hacer al horno o a la brasa.

La barbería de Vejer

En La Casa del Arco de Vejer de la Frontera, Alain y Blanca, Blanca y Alain (decidles que vais de mi parte) tienen una suite en un edificio histórico andaluz que vale la pena conocer. En su página de Facebook está toda la información. Además es un espacio cultural en el que siempre pasa algo interesante, próximamente tendrán una nueva exposición, a finales de noviembre o principios de diciembre.

Joaquín Sabina terminaba así la canción: “Cuando la muerte venga a visitarme, no me despiertes déjame dormir, aquí he vivido aquí quiero quedarme, pongamos que hablo de Madrid”. Antonio Flores hizo una version que pone los pelos de punta y cambió el final: “Cuando la muerte venga a visitarme, que me lleven al sur donde nací, aquí no queda sitio para nadie, pongamos que hablo de Madrid”.  

¿Cuál os gusta más?

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En casa de León Trotsky

Estuve en México D.F. en la casa museo de León Trotsky hace unos días. Admiro a León Trotsky desde que siendo muy joven, creo que tenía 18 o 19 años, leí la peripecia de Ramón Mercader y el final terrible en Coyoacán. Ahora no tengo tiempo pero voy a escribir un post sobre la visita a la casa fortín donde vivía y las circunstancias de su vida y de su muerte. Resumo: una persona clave en la Revolución Rusa, un intelectual marxista con una talla excepcional y un intérprete del comunismo poco ortodoxo, lo que le costó la vida.  

Entrada para el museo León Trotsky

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Europa o nada

Interesante reunión esta mañana con un amigo dedicado en cuerpo y alma al bello y rentable negocio de las energías renovables. Hemos hablado de trabajo y también mucho de la situación efervescente y al borde de la catástrofe en la que nos encontramos los europeos. Hemos visto esta semana cómo los dos colosos que sostienen el edificio de la economía continental han echado de sus Gobiernos al sátiro italiano y al último espartano que se resisitió amagando con un referéndum suicida. Antes los mercados echaron a Sócrates y hundieron en la vergüenza de la mendicidad a Portugal, Irlanda y Grecia. He viajado al país vecino muchas veces este año y he podido sentir el abatimiento de todos y cada uno de sus ciudadanos. Desde el presidente de una enorme compañía de seguros hasta el camarero de un restaurante, todos arrastran su complejo de “intervenidos” y claman su discurso tan parecido al de los indignados.

Tres años ya jugando con algo tan serio como el futuro de todos nosotros y los políticos no han reaccionado hasta este verano. Hasta que el BCE no aceptó respaldar con sus compras las deudas soberanas (por supuesto tras la orden de Merkel) no se atajó la sangría especuladora.

Hablábamos mi amigo y yo de cómo el mundo se escora hacia el Este, hacia Asia, hacia los países BRIC, y de cómo ese horizonte nos aterra porque vamos a vivir el fin de una civilización que ha sido dominante en todo (economía, política y cultura) como protagonistas. Si Europa se acaba como proyecto, todos nosotros nos quedaremos sin futuro, y no nos quedará más que huir porque las pequeñas miserias nacionalistas europeas ya no interesarán a nadie.

Hemos confiado en que esta crisis no es más que una enfermedad infantil del euro, ni siquiera adolescente. Llevamos desde enero de 2002 (¡nueve años nada más!) aprendiendo a ser uno y trino y quizás llevados por ese impenitente ánimo imperial que nos es propio, nos exigimos la perfección a la europea. Las enfermedades infantiles son propias del desarrollo físico y de la aclimatación al mundo hostil que nos acoge. Las enfermedades adolescentes, que llegarán seguro, son propias del desarrollo hacia la madurez y suelen ser mucho más complejas; dejan siempre traumas. Ningún futuro hay para nuestras pequeñas y vulnerables economías fuera del euro. Ningún futuro si hay que competir con los nuevos amos de la caja fuerte, China, India o Brasil, que como Zeus acabarán raptando a Europa y dejándonos un yermo repleto de bellísimos y antiguos monumentos y de dignos y estúpidos hidalgos.

Europa seducida por Zeus

Parafraseando a Federico:

¡Que no quiero verla!

Dile a la luna que venga,
que no quiero ver la sangre
de Europa sobre la arena.

¡Que no quiero verla!

La vaca del viejo mundo
pasaba su triste lengua
sobre un hocico de sangres
derramadas en la arena,
y los toros de Guisando,
casi muerte y casi piedra,
mugieron como dos siglos
hartos de pisar la tierra.
No.

¡Que no quiero verla!

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