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Archive for 31 octubre 2011

Otoño abrilesco en La Granja. El paisaje amarillento, mas aún verde, es un sí es no es que despista los sentidos. Estamos programados con las estaciones, como todas las bestezuelas que poblamos el planeta, para que las cosas sean como siempre han sido: “de sentido común, como la gente normal, como Dios manda” que diría M. Últimamente no es así, y estas cosas despistan, que no sabes si ponerte una americana de tweed o una de lino y ni te cuento las mujeres lo que tardan en decidirse ¡manda huevos! En La Granja de San Ildefonso nos esperan unos amigos, Mar y Borja, para ir al Festival de Otoño y almorzar tras el concierto.

Casa de las Flores, El Real Sitio de San Ildefonso

Llegamos a la preciosa Casa de las Flores  y el presidente de Patrimonio Nacional, Nicolás Martínez Fresno, nos invita a sentarnos en la zona reservada (Borja Martínez-Fresneda, nuestro anfitrión en La Granja, es director de Palacios y Museos).  El salón donde se celebra el concierto es la antigua orangerie, invernáculo donde se conservaban las flores y frutas delicadas de las que gozaban la Familia Real.

El programa del concierto ejecutado por el Cuarteto Albéniz promete y a partir de aquí pido disculpas por los posibles errores e incluso horrores que pueda perpetrar. Soy tan sólo un degustador de música, un tragaldabas, un bocaperro que la ama en todas sus formas y épocas, así que mis opiniones son profanas e incluso pecaminosas.

El concierto comienza con Mozart y su Adagio y Rondó para armónica de cristal (arreglo para quinteto con piano) K. 617, una pieza compuesta para este instrumento tan curioso que inventó Benjamin Franklin a partir de los conciertos de Edmund Delaval con copas de vino llenas de agua. El piano sustituye a la armónica de cristal cuyos intérpretes supongo son mucho más difíciles de encontrar en nuestros días. Thomas Bloch interpreta con ese instrumento en este vídeo un fragmento de la misma pieza que escuchamos en La Granja.

Nada nuevo sobre Wolfgang Amadeus Mozart y su capacidad para jugar y hacernos felices a los mortales con sus filigranas. La alegría está presente en todo el Adagio, contagiados el piano y el cuarteto de cuerda de un desenfado del que el autor nos quiere hacer partícipes. Y toda la alegría y desenfado no es más que apariencia porque la complejidad de la composición y de la ejecución son notables. El piano juega, corre y salta como arroyo claro en un otoño primaveral y los violines suben y bajan por una pendiente como de montaña rusa, cuyos altibajos marcan las teclas del piano. Constanza a mi lado tiene los ojos entornados y está concentrada al máximo en seguir la evolución de los cinco instrumentos, transmutada por unos segundos en la otra Constanza mozartiana.

Constanze Weber, esposa de Mozart (1762-1842)

Tras el maravilloso, desenfadado, alegre, juguetón y cristalino Adagio de Mozart y sin apenas un descanso para los músicos, aparece Johannes Brahms y su Quinteto Op. 34 sin solución de continuidad. El arroyo cristalino mozartiano se torna en brutal torrente con Brahms; el piano persigue en una carrera desenfrenada a los violines nada más comenzar el Allegro non troppo. El otoño mozartiano y bostoniano que disfrutábamos ayer en la Granja se nubla. La aparente facilidad que disfraza la complejidad en Mozart no existe en Brahms, que nos muestra su obra de ingeniería sin pudor. La música de Brahms trasciende la sala de la Casa de las Flores y mirando por los ventanales mientras suena su música descubrimos que la aparente benevolencia de este otoño no es más que una añagaza. Su música es una perfecta alegoría de una estación a caballo entre verano e invierno. En el Scherzo se recupera la tensión dramática rebajada en el anterior movimiento, la tonalidad es vibrante, los violines suben el tono hasta el infinito y el piano marca el ritmo en lo que parece casi una marcha militar. Los colores de Mozart son el amarillo y el rojo de las hojas del bosque, los de Brahms el azul y el gris que presagian terribles acontecimientos.

En el dulce Finale en el que todo se resuelve la sala respira aliviada, como si Brahms quisiera liberarnos de la carga dramática y del estrés que nos ha transferido en los dos movimientos anteriores. Una anécdota remarca el momento sublime: una ujier uniformada de azul oscuro con cuello y puños dorados se desploma entre temblores. Los músicos inquietos miran el alboroto sin dejar de interpretar el momento más álgido del concierto. Está a mi derecha, un poco más atrás, caída entre convulsiones, la luz de los jardines de palacio baña su rostro y rayos de sol refulgen en el cuello de su uniforme. Síndrome de Stendhal o calor sofocante, asaeteada  por la flecha certera de Brahms o simplemente mareada por un golpe de calor. Prefiero la opción más romántica y quiero pensar que es una mujer tocada por las musas en esta mañana otoñal.

El Cuarteto Albéniz saluda al finalizar el concierto

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