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Archive for 29 enero 2010

Viernes por la tarde. La luz madrileña entra por la ventana y me siento a gusto tumbado en el sofá leyendo un libro que apoyo sobre mi pecho para disfrutar de una canción, “A felicidade”:

“A felicidade é como a gota
De orvalho numa pétala de flor
Brilha tranqüila
Depois de leve oscila
E cai como uma lágrima de amor”

Vinicius y Jobim, vaya pareja de geniales músicos y gamberros que se bebieron la vida mientras componían canciones que uno no se cansa de oír desde hace veinte, treinta años.

Sigo leyendo el libro “Ensayos” de Natalia Ginzburg. El capítulo “Mi psicoanálisis” me sorprende con este relato de una sesión con su psicoanalista:

“Un día le dije que nunca conseguía doblar las mantas de manera simétrica y que eso me provocaba complejo de inferioridad. Salió un momento de la consulta y regresó con una manta, la plegó aguantándola con la barbilla y quiso que también yo intentase plegarla. La plegué y para complacerlo le dije que había aprendido pero no era cierto, porque todavía hoy me resulta difícil plegar las mantas de manera simétrica”.

Reconozco que tengo obsesiones así a diario, y son manías que asumes como normales. Cada mañana la toalla después de la ducha debe quedar colocada de manera simétrica, colgando exactamente con la misma medida a izquierda y derecha. Este detalle me ocupa un rato todos los días. El orden posterior de la operación cosmética, es invariable; peinado, desodorante, afeitado, crema y colonia. Me visto siempre con el rito, por ejemplo, de ponerme primero el calcetín izquierdo, y si un día me equivoco, cosa que nunca pasa, me quito el calcetín derecho y empiezo de nuevo. Lo de las baldosas de la calle ya no me ocurre porque apenas quedan de aquellas que ocupabas con medio zapato e ibas calculando para que la línea quedara justo entre el tacón y la suela. 

Los cubiertos en la mesa, los interruptores alineados, la servilleta en el servilletero doblada exactamente igual cada día, las gafas doblando primero la patilla izquierda y la forma de enrollar la cuerdecilla… quizás debería visitar al psicoanalista.

El iPod en función aleatoria salta a John Coltrane y su “Blue Train”; me levanto y decido escribir en el blog estas sensaciones y obsesiones; es más barato y rápido que pedir hora en la consulta del psicoanalista.

 

 

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J.D. Salinger (17.556)

Acaba de ocurrir. Ha muerto. El autor de “El guardián entre el centeno” fue uno de los que más noticias produjo al margen de su obra en el siglo XX. Cada pocos años surgía algún nuevo scoop que nos contaba un litigio o escándalo sobre su fobia a los medios, para proteger su intimidad, o los intentos de rapiña de su familia.

Su obra más conocida y leída ritualmente por millones de jóvenes, “The Catcher in the Rye”, sigue entrañando para mí el misterio sobre cómo pudo convertirse en semejante fenómeno de masas. Las aventuras del joven Holden Cauldfield durante su estancia en Nueva York, perdido en su adolescencia y en la gigantesca ciudad, son sin embargo un inigualable relato sobre la angustia de esa etapa de la vida. Creo que lo releeré. (Tengo la edición de Alianza del año 1986, así que lo leí con 25 años.)

Tiene Salinger otro libro mucho mejor: “Nueve cuentos”. El relato “Un día perfecto para el pez plátano” es para mí,  junto a “Bartleby el escribiente” de Melville, uno de los mejores que se han escrito. La historia de Seymour y su encuentro con la niña en la playa es de los que te dejan una herida en el alma.

Siendo también joven, viviendo en San Francisco, compré los otros libros de Salinger: “Franny and Zooey”, “Raise High the Roof Beam, Carpenters” y “Seymour: an Introduction”. Buenos todos, pero insisto en la calidad del primer relato de “Nueve cuentos”.

Preparémonos para ver a Salinger a todas horas en los medios de comunicación, algo que le espantaba y a lo que está condenado tras su desaparición. R.I.P.

p.d.: no pongo ninguna foto porque sólo consiguieron robarle un par de ellas y todo el mundo las conoce.

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Rápida, eficaz y espectacular entrada en acción de Estados Unidos en Haití. Todo el poderío capaz de desplazar en días 10.000 marines a la isla destrozada; la fuerza militar más grande del mundo puesta en esta ocasión al servicio de la solidaridad, y de nuevo un helicóptero en acción que resume todo en una imagen. Como aquellos que despegaban de la embajada norteamericana de Saigón en 1975.

Los diplomáticos norteamericanos huyen de Saigón en 1975

Obama en horas bajas de popularidad, con el lobby republicano-financiero-seguros en armas contra sus medidas anticrisis y su proyecto de seguridad social a la europea, ha vuelto a recuperar parte del crédito que se le otorgó cuando ganó las elecciones hace un año.

Ahora la foto del helicóptero aterrizando en el palacio presidencial, del que desembarcan los marines en misión humanitaria, representa en una sóla imagen el mensaje que quieren que todos sepamos: los americanos han llegado y lo han hecho en el jardín del Presidente. Más claro, el agua.

Los marines aterrizan en el palacio presidencial (El País)

Mientras, en España estamos en el debate de que no cabemos más; el garrote goyesco una vez más enarbolado contra los desheredados. Eso sí, mucha limosna para los negros haitianos que están lejos y allí no molestan.

Lamentable.

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Nos, los amos del mundo, hemos derrocado e instaurado gobiernos en decenas de países; siempre que ha sido útil y rentable. El último ejemplo ha sido Irak, donde los americanos llevan seis años sosteniendo un Estado que nadie sabe cómo evolucionará cuando se vayan.

Ahora leo que en Haití el gobierno ha desaparecido, apenas existía antes de la catástrofe, pero nadie parece interesado en enviar los recursos que otras veces hemos invertido en beneficio nuestro. La noticia de El País relata la absoluta falta de gobierno en el momento en que más se necesita. Deberían, deberíamos, enviar allí un ejército de expertos en todas las áreas necesarias para poner en pié de nuevo Haití. Lo hemos hecho otras veces y en esta ocasión el nulo interés crematístico del empeño por una vez ennoblecería nuestra cooperación. 

Esto también es Haití. No voy a utilizar fotos de niños muertos

La palabra Caribe que tan a menudo en nuestro mundo capitalista es sinónimo de paraíso y destino de juergas sin fin, es hoy, no ya un sinónimo del infierno, sino el averno más cruel jamás imaginado.

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Reacción del público cuando Jake Scully doma el Ikran gigante anaranjado

Fiel a la llamada de la salvaje y eficaz campaña habitual emitida desde Hollywood, acudo con la mansa manada y con las gafas puestas a ver Avatar. Buena, no, muy buena. Un gran espectáculo que se prolonga durante casi tres horas. No ganará tantos Oscars como Titanic, espero que sólo le otorguen el de efectos especiales y, si existiera, el de “Instaurador de una nueva era en el negocio”.  Tal como me había sugerido un crítico de cine en su columna, en medio de la película miré hacia atrás y el espectáculo me sobrecogió: un centenar de alienígenas con enormes gafas, inmóviles, sin aliento, seguían la historia.  

Como ya soy mayor, puedo comparar lo que experimenté al ver Avatar con lo que sentí hace ya 33 años cuando estrenaron otra película que significó un antes y un después: La guerra de las galaxias. Adolescente despistado, me quedé pegado a la butaca del cine Capitol (creo, lo que es seguro es que era en la Gran Vía) cuando tras los textos introductorios apareció una nave espacial que no terminaba nunca. Parecía que volaba por encima de nuestras cabezas y que se iba a llevar por delante todo el cine.

La historia que nos cuenta James Cameron es actual, pedagógica y espiritualista. Ecología, aromas de apocalipsis fin del mundo, y lo mejor, la visión panteísta de la Tierra y los seres que la habitamos. Todos unidos en el “ciclo sin fin” (El Rey León) los habitantes de Pandora se respetan entre sí, ya sean Na’vi, flora o animales fantásticos. Cuando pasan a mejor vida su espíritu se une a Eywa, un árbol sagrado que reúne a todas las criaturas muertas, en definitiva la memoria de la especie y de todo el planeta. Los malotes humanos, en autocrítica que honra como siempre a los americanos, parece que en lugar de invadir Pandora se preparan para arrasar Irak y el coronel Miles Quaritch (malo malísimo de libro) parece el general Norman “Stormin” Schwarzkopf . El vestuario podría estar inspirado en el telediario de ayer y uno no  puede dejar de admirarse por cómo los norteamericanos estrenan worlwide una película en la que la anterior asociación es más que evidente.

Salí con la sensación de haber asisitido a la refundación del cine como “Big Entertainment”, y pensé que este Cameron podía haberse guardado algo para su siguiente película, pero no; este tío es de una avaricia brutal y no ha querido dar tregua al próximo que lo intente, se lo ha puesto realmente difícil.  

Afortunadamente el otro cine seguirá existiendo: el que nos cuenta humildes historias, como la tuya y la mía,  rodadas con presupuestos ajustados y con actores de carne y hueso.

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